Cien años de Soledad

Cuando la realidad nos enfrenta a la soledad experimentamos el vacío de ser una partícula perdida en los laberintos del caos, y aparte de las soluciones teóricas y orales de la cultura, la incertidumbre martillea existencialmente nuestro espíritu.

El Coronel Aureliano Buendía promovió 32 guerras civiles y las perdió todas. Escapó a 14 atentados a 73 emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carta de estricnina en el café que habría bastado para matar a un caballo. Es el personaje lúcido de la novela cien años de Soledad. Mientras los otros deambulan por las encrucijadas de la vida buscando la cura a su soledad, la cama parece ser el santo remedio y los violentos arrebatos del paroxismo amoroso constituyen el muelle en que ésta haya su sosiego, pues en los aplastamientos de cuerpos indómitos, la inocencia y la ternura encuentran la grieta por donde punzar el dolor y la avidez del vientre.

El Coronel Aureliano se enfrenta a los conservadores, pierde una guerra y empieza otra. Es indultado en un último momento, segundos antes de su fusilamiento ante un pelotón y es sometido a cuantos consejos de guerra se puede enfrentar un enemigo del sistema. Es subyugado por los consabidos pecados que sobrevienen a cualquier decisión humana pero su recia voluntad de rebelde los trasciende. Hace el amor donde la noche le alcanza y despierta al estallido de los máuseres para contestar con bala viva los ataques. Tiene 17 hijos que son marcados con el destino de la muerte para que no reproduzcan su voluntad inquebrantable. Su espíritu se enreda en los vericuetos de sus añoranzas domésticas, pero su razón lo lleva a la siguiente batalla. La Lógica de la sobrevivencia diaria es el escudo de la mayoría. La tozudez de este personaje somete en múltiples ocasiones los ataques redundantes de la biología.

Este quijote no busca glorias ni dulcineas ni se engaña con molinos de vientos ni con hostales ni con palacios, porque sabe que su ruindad es la vida acomodada, que su muerte son los terribles encantos de lo cotidiano, y que su deber es la lucha y la derrota, a la que se allana para empezar otra nueva aventura. Si tuviéramos que escoger al arquetipo de hombre que auguraba el filósofo francés Jean Paul Sartre, el Coronel Aureliano figuraría sin duda en esos seres que saben que nuestra única libertad es el compromiso sin medida aun con la paranoia del absurdo merodeando nuestras mezquindades humanas.

Ni Úrsula ni Arcadio ni Mauricio Babilonia ni Amaranta ni Remedios la Bella caben en su soledad. Una vez retirado se dedica como la Penélope griega a hacer y mutilar pescaditos de oro para no humillar su sentido de la dignidad con los cafés nostálgicos o con los códigos anodinos del ciudadano común y para esperar la muerte sin palabras, esas que no valen la pena pronunciar cuando conducen a la intrascendencia. No acepta la Orden del Mérito que le otorgó el gobierno y manda a la mierda a los que lo lisonjean. Cada injusticia que llega del exterior a sus oídos marca una arruga de indignación en su rostro y cuando todos duermen en el sueño de la mentira oficial, el sabe que fueron miles los campesinos llevados en vagones al mar y asesinados por las compañías bananeras de apellido Fruit Company, y el precipicio de su soledad lo abisma a la certidumbre de un mundo hecho a la medida del cinismo.

Con hondo sentido común comprende que hay relevos generacionales, pero cuando ve que ninguno se indigna, que ninguno lanza una queja y que la burbuja familiar envuelve de estupidez la vida de la gente que le rodea, propone a su amigo Gerinaldo Márquez empezar otra nueva guerra, pero ya es tarde, éste está postrado en una silla de ruedas, esas benditas sillas de la conformidad en donde rodamos cíclicamente nuestras cobardías. Esas sillas del quédate allí, del no camines, del no busques. Esas que te invitan a pararte y a quedarte.

Rumiando su más profunda y terrible soledad muere dejando a los demás seres deambulando por las últimas páginas y diálogos del libro, en un limbo de fantasmas y aparecidos, en acertijos propios de los que desean encontrar respuestas eternas en códigos esotéricos, hijos de la reciente civilización de la escritura; muere llevándose la rebeldía y hundiéndose en la orfandad a un mundo que necesita más gente de su estirpe. No es raro que García Márquez quien es personaje también de esta historia conozca fuera de la convencionalidad de las páginas de la soledad al único Aureliano de la Estirpe de los Buendía que solo peleó una guerra civil y la ganó, a su amigo cubano Fidel Castro, ese Comandante que ha dado su tiempo por construir la única utopía histórica en una isla que no es un paraíso social pero nunca más volvió a ser la indignidad.

Muchos pueden alegar que los hombres transitan las sendas teóricas de la ideología y que cada paso lleva una sentencia o consonante con vocales y verbos diagramados en los laboratorio de las ciencias sociales, pero la injusticia tiene cara de tragedia en rostros de gentes y en estómagos vacíos que mueren mustios en cualquier lugar de la opulencia, y las burlas con que se reparte la miseria tratan igualmente de minimizar cualquier victoria.

Para la alegría del coronel Aureliano Buendía que no se cansa de indignar en cada lectura que lo resucita, El Comandante Castro en el epicentro de nuestra América exuberante, tropical y mágica asaltó a la ficción y ha llenado de contenidos las páginas vacías que se precisaban para construir un proyecto político alterno a la manida imposición de los nuevos conservadores. No ha sido fácil en años y en décadas y han sido los enemigos los que han perdido guerras por Cochinos en la Bahía y en las más de un mil quinientos tentativas de asesinarlo. Hoy El Comandante como el Coronel Aureliano Buendía, lejos de aquel desembarco en el Granma se retiró a su taller a fabricar pescaditos de oro, para nadar en el mar de las reflexiones geopolíticas que nos regala en forma reluciente con su sabia experiencia de rebelde sin pausa, porque que morirse es mucho más difícil de lo que uno cree y más porque las estirpes condenadas a tantos años de soledad si tuvieron el derecho a una oportunidad sobre la tierra.

Milson Salgado es escritor hondureño